Hospital de Madrid. A mi lado un Aaron desconsolado y una Elia que esconde la cabeza en el pecho de Miguel; la pelirroja llora como si su vida dependiera de ello.
Pero para entender todo esto, retrocedamos un poco este día. Comenzaremos por las dos y media de la tarde, a la salida del instituto. Jueves:
Conduzco hacia mi casa, hoy hubo un ambiente de tristeza en todo la clase. Aaron pasó la noche en el hospital con Samuel y Jeyden había intentado animarme durante todo el día, no lo consiguió.
Entré en mi casa y un olor a salsa de tomate recorría las habitaciones de la planta baja, mi padre estaba cociendo pasta.
-¿Papá?
-Dime cielo.
-No tengo mucha hambre hoy.
-Águeda tienes que comer, ayer estuviste toda la tarde en el hospital y apenas probaste bocado.
-Pues creo que hoy será igual.
-¿Cómo está ese amigo tuyo?
-En coma.- Hubo un silencio de apenas unos segundos pero que se hizo eterno.
-Lo siento, no tendría que haberte preguntado.
-Tranquilo.- Forcé una sonrisa. Subí a mi cuarto y llamé a Ainhoa, necesitaba a alguien con quién hablar y ella siempre ha estado ahí para algún problema. Un pitido al otro lado y enseguida su voz.
-¿Quién es?
-Águeda.
-¡Águeda! ¿qué te pasa?
-Tengo que contarte algo.- Comencé a contarle todo lo que había pasado con Samuel, desde que me lo encontré el sábado hasta lo que había pasado ayer. De corrido sin saltarme ningún detalle.
-Pero eso es terrible, ¿tú cómo estás?
-¿Yo? Pues teniendo en cuenta que soy una persona horrible ya me dirás.- Me tragué el llanto.
-No hables así, lo que tienes que hacer es sobreponerte. Mi primo tiene que estar fatal ahora que lo pienso.
-Pues sí, pasó la noche allí con Samuel.- Ainhoa guardó silencio durante unos momentos, supose que estaba maquinando algo.
-Águeda, prepárte, te recojo y nos vamos las dos al hospital. Mi madre no sabía nada y está atacada, dice que nos lleva.- Colgó el teléfono sin despedirse, me quedé con el aparato en la oreja como una idiota.
Una media hora después el coche de mi amiga estaba en la puerta, naturalmente advirtió mi falta de sueño.
-¡Estás palidísima! ¡Y menudas ojeras!
-Gracias, tengo un espejo en casa por si no lo sabías.
-Perdona.- Se disculpó arrastrando las palabras.
Entramos en el gran edificio mientras Jesus of Suburbia suena en mis auriculares, necesitaba evadirme por un momento. El reloj marca las siete de la tarde y fuera es de noche. Ainhoa y yo nos dirigimos a la sala de espera más cercana a la habitación de Samuel, sorprendentemente todos estaban allí, y cuando digo todos es todos: Miguel, Jeyden, Elia, James, Diana y los padres de Aaron.
*Mientras tanto en una pequeña habitación del hospital*
El tedioso aparato marcaba los latidos del corazón de Samuel, un pitido tras otro y muy débiles.
-Que mal verte aquí, ¿eh? Pequeño mete-líos. Aunque no te lo creas después de todo lo que ha pasado te sigo queriendo como a mi hermano y siento las veces que te he pegado. Nunca pensé que algo parecido a esto llegara a pasar, siempre te vi inocente y alegre. ¿Que ocurrió? Me disculpo por no haber estado allí cuando me necesitaste, tío, lo siento.
Miré a su mano, por razones que desconozco comenzó a mover los dedos rítmicamente, sus párpados hicieron una amago de abrirse y entreabrió los labios. Yo, lleno de emoción, observé hasta que sus ojos decidieron abrirse al fin, unas pupilas grises se clavaron en las mías.
-¿Aaron?- Dijo en un susurro apenas sin fuerza.
-No es posible.- Una amplia sonrisa se dibujó en mi rostro, estaba, despierto.
-¿Aaron?- Dijo en un susurro apenas sin fuerza.
-No es posible.- Una amplia sonrisa se dibujó en mi rostro, estaba, despierto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario