10 de Febrero
Retomemos la historia a media noche, Samuel acaba de despertar del coma y todos están muy emocionados, lágrimas alegría. Cuando se hubieron calmado y los doctores hicieron todas esas cosas de raras entramos en la habitación de Samuel.
Dormitaba, se le veía realmente cansado, sus ojos se abrieron lentamente al entrar nosotros haciendo más ruido que un elefante en una chatarrería.
-¿¡Os queréis callar!?
-¡Mierda, Jeyden baja la voz!- Ainhoa es una persona muy dulce y sutil.
-Pobrecito, le vendría bien un bizcocho, de esos que hago yo.- Dijo Elia muy entusiasmada.
-¿Y eso a qué viene pequeña pelirroja?- Preguntó James.
-Parece hambriento.- Declaró con la cabeza gacha.
-Tíos, callaros de una maldita vez...- No me dio tiempo de terminar la frase, fui interrumpida por un somnoliento chico de cabellos chocolate.
-¿Qué pasa? ¿Dónde estoy?- Dijo con un hilo de voz.
-¡¡¡SAMUEL!!!- Fue un abrazo colectivo de unas... ¿ocho, nueve personas?
-Yo también os quiero mucho, ¿alguien me puede explicar qué pasa? ¿Y por qué demonios me duele tanto la cabeza? Un momento.- Se quedó mirándome, luego a Ainhoa y después a James.- ¿Quiénes son esta gente?
-¿Quiénes?- Preguntó Miguel.
-Pues la rubita esa, la morena de las gafas y el tío ese mayor.
-Son Águeda, Ainhoa y James.- Respondió Aaron incrédulo.
-Ni idea.- Se encogió de hombros.
-¿No me recuerdas?- Me adelanté, él me miró fijamente pero luego volvió a negar con la cabeza.
-Tiene amnesia.- Declaró James.
-¿Cómo?- Aaron parpadeó incrédulo.- A ver Samuel, ¿a quiénes de los que estamos aquí conoces?
-A ti, a Miguel, a Jeyden y a Elia. El resto no tengo ni idea.
-Imposible, ¿con todo lo que ha pasado?- Dije.
-A ver rubita que yo no te conozco de nada. Aaron, ¿la de las gafas no es tu prima?
-¿La recuerdas a ella?- Pregunté.
-Pues claro, la conozco desde pequeño.
-Tíos, no lo mareéis más, tiene amnesia.- Confirmó James por segunda vez.
-No lo entiendo, por favor, que alguien me cuente qué está pasando y por qué decís que tengo amnesia.
-Si quieres saber qué pasa, o mejor dicho, qué ha pasado, retrocedamos un mes. Samuel, hoy es diez de febrero.
-¿Diez de febrero? ¿estás de coña?- Entre todos le contamos lo que había pasado, las peleas, el viaje a Inglaterra, cuando me conocieron... Todo.
Samuel se recostó en la cama, no pronunció ni una palabra; respiró hondo y reunió todo las fuerzas que pudo para poder hablar.
-¿Realmente hice todo eso?
-Pero te arrepentiste, encontré esta carta en tu casa.- Aaron rebuscó en sus bolsillos y le tendió la carta que encontramos ayer. Samuel la leyó en voz alta, tragaba saliva y continuaba. Al terminar apenas podía creerlo, no daba crédito a sus propios actos.
-No puedo creerme que yo hiciera todo eso.
-Parte de la culpa fue nuestra, no te apoyamos cuando todo empezó.- Dijo Jeyden cabizbajo.
-Bueno,hay que estar alegres porque esa carta demuestra que se arrepintió. Y ahora está sano y salvo, bueno sano dentro de lo que cabe. Samuel, has despertado de un coma provocado por la droga, eso es sobrevivir y lo demás chorradas.- No sabía que Elia fuera tan profunda.
-Tiene razón, te has reído de la muerte en su cara, ahora te toca vivir, volveremos a ser los mismos de siempre con grandes sueños.-Coreó Miguel.
Ya no queda nada más que contar de aquella noche. Todo pasó demasiado rápido, aunque lo realmente importante es que nuestro amigo vuelve a ser el de antes.
martes, 28 de enero de 2014
viernes, 17 de enero de 2014
CAPÍTULO 31
9 de Febrero
Hospital de Madrid. A mi lado un Aaron desconsolado y una Elia que esconde la cabeza en el pecho de Miguel; la pelirroja llora como si su vida dependiera de ello.
Pero para entender todo esto, retrocedamos un poco este día. Comenzaremos por las dos y media de la tarde, a la salida del instituto. Jueves:
Conduzco hacia mi casa, hoy hubo un ambiente de tristeza en todo la clase. Aaron pasó la noche en el hospital con Samuel y Jeyden había intentado animarme durante todo el día, no lo consiguió.
Entré en mi casa y un olor a salsa de tomate recorría las habitaciones de la planta baja, mi padre estaba cociendo pasta.
-¿Papá?
-Dime cielo.
-No tengo mucha hambre hoy.
-Águeda tienes que comer, ayer estuviste toda la tarde en el hospital y apenas probaste bocado.
-Pues creo que hoy será igual.
-¿Cómo está ese amigo tuyo?
-En coma.- Hubo un silencio de apenas unos segundos pero que se hizo eterno.
-Lo siento, no tendría que haberte preguntado.
-Tranquilo.- Forcé una sonrisa. Subí a mi cuarto y llamé a Ainhoa, necesitaba a alguien con quién hablar y ella siempre ha estado ahí para algún problema. Un pitido al otro lado y enseguida su voz.
-¿Quién es?
-Águeda.
-¡Águeda! ¿qué te pasa?
-Tengo que contarte algo.- Comencé a contarle todo lo que había pasado con Samuel, desde que me lo encontré el sábado hasta lo que había pasado ayer. De corrido sin saltarme ningún detalle.
-Pero eso es terrible, ¿tú cómo estás?
-¿Yo? Pues teniendo en cuenta que soy una persona horrible ya me dirás.- Me tragué el llanto.
-No hables así, lo que tienes que hacer es sobreponerte. Mi primo tiene que estar fatal ahora que lo pienso.
-Pues sí, pasó la noche allí con Samuel.- Ainhoa guardó silencio durante unos momentos, supose que estaba maquinando algo.
-Águeda, prepárte, te recojo y nos vamos las dos al hospital. Mi madre no sabía nada y está atacada, dice que nos lleva.- Colgó el teléfono sin despedirse, me quedé con el aparato en la oreja como una idiota.
Una media hora después el coche de mi amiga estaba en la puerta, naturalmente advirtió mi falta de sueño.
-¡Estás palidísima! ¡Y menudas ojeras!
-Gracias, tengo un espejo en casa por si no lo sabías.
-Perdona.- Se disculpó arrastrando las palabras.
Entramos en el gran edificio mientras Jesus of Suburbia suena en mis auriculares, necesitaba evadirme por un momento. El reloj marca las siete de la tarde y fuera es de noche. Ainhoa y yo nos dirigimos a la sala de espera más cercana a la habitación de Samuel, sorprendentemente todos estaban allí, y cuando digo todos es todos: Miguel, Jeyden, Elia, James, Diana y los padres de Aaron.
Hospital de Madrid. A mi lado un Aaron desconsolado y una Elia que esconde la cabeza en el pecho de Miguel; la pelirroja llora como si su vida dependiera de ello.
Pero para entender todo esto, retrocedamos un poco este día. Comenzaremos por las dos y media de la tarde, a la salida del instituto. Jueves:
Conduzco hacia mi casa, hoy hubo un ambiente de tristeza en todo la clase. Aaron pasó la noche en el hospital con Samuel y Jeyden había intentado animarme durante todo el día, no lo consiguió.
Entré en mi casa y un olor a salsa de tomate recorría las habitaciones de la planta baja, mi padre estaba cociendo pasta.
-¿Papá?
-Dime cielo.
-No tengo mucha hambre hoy.
-Águeda tienes que comer, ayer estuviste toda la tarde en el hospital y apenas probaste bocado.
-Pues creo que hoy será igual.
-¿Cómo está ese amigo tuyo?
-En coma.- Hubo un silencio de apenas unos segundos pero que se hizo eterno.
-Lo siento, no tendría que haberte preguntado.
-Tranquilo.- Forcé una sonrisa. Subí a mi cuarto y llamé a Ainhoa, necesitaba a alguien con quién hablar y ella siempre ha estado ahí para algún problema. Un pitido al otro lado y enseguida su voz.
-¿Quién es?
-Águeda.
-¡Águeda! ¿qué te pasa?
-Tengo que contarte algo.- Comencé a contarle todo lo que había pasado con Samuel, desde que me lo encontré el sábado hasta lo que había pasado ayer. De corrido sin saltarme ningún detalle.
-Pero eso es terrible, ¿tú cómo estás?
-¿Yo? Pues teniendo en cuenta que soy una persona horrible ya me dirás.- Me tragué el llanto.
-No hables así, lo que tienes que hacer es sobreponerte. Mi primo tiene que estar fatal ahora que lo pienso.
-Pues sí, pasó la noche allí con Samuel.- Ainhoa guardó silencio durante unos momentos, supose que estaba maquinando algo.
-Águeda, prepárte, te recojo y nos vamos las dos al hospital. Mi madre no sabía nada y está atacada, dice que nos lleva.- Colgó el teléfono sin despedirse, me quedé con el aparato en la oreja como una idiota.
Una media hora después el coche de mi amiga estaba en la puerta, naturalmente advirtió mi falta de sueño.
-¡Estás palidísima! ¡Y menudas ojeras!
-Gracias, tengo un espejo en casa por si no lo sabías.
-Perdona.- Se disculpó arrastrando las palabras.
Entramos en el gran edificio mientras Jesus of Suburbia suena en mis auriculares, necesitaba evadirme por un momento. El reloj marca las siete de la tarde y fuera es de noche. Ainhoa y yo nos dirigimos a la sala de espera más cercana a la habitación de Samuel, sorprendentemente todos estaban allí, y cuando digo todos es todos: Miguel, Jeyden, Elia, James, Diana y los padres de Aaron.
*Mientras tanto en una pequeña habitación del hospital*
El tedioso aparato marcaba los latidos del corazón de Samuel, un pitido tras otro y muy débiles.
-Que mal verte aquí, ¿eh? Pequeño mete-líos. Aunque no te lo creas después de todo lo que ha pasado te sigo queriendo como a mi hermano y siento las veces que te he pegado. Nunca pensé que algo parecido a esto llegara a pasar, siempre te vi inocente y alegre. ¿Que ocurrió? Me disculpo por no haber estado allí cuando me necesitaste, tío, lo siento.
Miré a su mano, por razones que desconozco comenzó a mover los dedos rítmicamente, sus párpados hicieron una amago de abrirse y entreabrió los labios. Yo, lleno de emoción, observé hasta que sus ojos decidieron abrirse al fin, unas pupilas grises se clavaron en las mías.
-¿Aaron?- Dijo en un susurro apenas sin fuerza.
-No es posible.- Una amplia sonrisa se dibujó en mi rostro, estaba, despierto.
-¿Aaron?- Dijo en un susurro apenas sin fuerza.
-No es posible.- Una amplia sonrisa se dibujó en mi rostro, estaba, despierto.
sábado, 11 de enero de 2014
CAPÍTULO 30
8 de Febrero
Pesadillas. Malditas pesadillas. Fat lip suena en mi móvil a modo de despertador, me visto con el uniforme y bajo con Mr. Berry en los brazos. Desayuno rápido, le doy un beso a mi padre y cojo la moto.
Aparco la moto y entro en el edificio, el aula está repleta de gente y yo realmente no me siento como en casa. Si no fuera por mi banda... Tengo la habilidad de no encajar en ningún lugar, pero sé que cambiará. Tomo asiento al lado de Aaron el cual se mostró más cariñoso hoy, lo necesitaba.
Me disponía a sacar el libro de inglés cuando la directora irrumpió en la clase con su habitual apariencia de ''me he tragada una escoba''. Se situó delante de todos nosotros, lucía una notable cara de cansancio y angustia.
-Buenos días alumnos. Vengo a comunicaros que vuestro compañero Samuel Álvarez a sufrido un accidente y ahora se encuentra en estado crítico en el hospital.- Como un puñal afilado, esa noticia fue directa a mi pecho, hundiéndose y retorciéndose hasta el punto de casi no poder respirar. Miré a Aaron en un acto reflejo, tenía los ojos bien abiertos y parecía haber entrado en estado de shock. Su respiración cada vez se agitaba más, negaba con la cabeza y hacía caso omiso de mi voz; Jeyden, Miguel y yo comenzamos a gritarle pero él no reaccionaba. Lo zarandeé en vano, tenía la mirada perdida y no reaccionaba a ningún estímulo, de los acontecimientos que sucedieron más tarde solo recuerdo algunos.
Sala de espera de un hospital. Llevo mi ropa normal y el reloj acaba de dar las ocho de la tarde, miro a mi alrededor y estoy acompañada de James y, no sé por qué, de Diana Vega, la fotógrafa esa del pelo rosa.
-¿Qué ha pasado?- Pregunté volviendo a la realidad.
-Águeda, has estado ausente todo el día, después de que mi jefa os dijera lo que había pasado con Samuel Aaron sufrió un ataque de ansiedad. Tú llevas en el mundo de yupi todo el día.- Explicó James.
-¿Cómo están ellos?
-Ahora Aaron está en la habitación de Samuel, por lo visto ha entrado en coma. Los médicos llevan todo el día haciéndole análisis.
-Es culpa mía.- Recordé el encuentro que tuve con él después de la fiesta de Elia, me porté como una estúpida, ¿a esto se refería con ''hacer una tontería''? Soy lo peor que ha pisado este mundo.- James esto es culpa mía.
-¿Qué? ¡No! Por supuesto que no, Águeda, lo peor que podéis hacer ahora es culparos los unos a los otros. Necesitáis más que nunca estar juntos y apoyaros.
-Tú, apenas sé tu nombre pero James tiene razón.- Diana coreó al batería con una sonrisa.- Deberíais escucharle, gracias a él estoy reformada.
-¿Reformada?- Dije confundida, ¿de qué estaba hablando?
-Sí, cosas de ella.- Contestó él dedicándole una tierna sonrisa.
La conversación se cortó en ese momento cuando un muy abatido Aaron entró en la sala, me levanté de la silla de un brinco y lo abracé instintivamente, pero se quedó quieto, insensible.
-¿Qué te ocurre?- Pregunté mirándolo a los ojos.
-No estoy para nadie. Si quieres puedes acompañarme a casa de Samuel, necesito ayuda.
-¿Ayuda? ¿Para qué vamos a casa de Samuel?
-Se supone que ''sufrió un accidente''. Pues bien, quiero saber cuál es ese accidente por mí mismo. Y necesito que me ayudes a buscar.
-Está bien.- Cogí mi chaqueta y fuimos a una parada de autobús, durante el trayecto él se limitaba a mirar por la ventana, las luces de la ciudad se reflejaban en su rostro pensativo. Yo me limitaba a mirarlo y a sentirme culpable, tenía que decirle lo que había ocurrido el sábado, tendría que buscar un buen momento.
Llegamos a casa de Samuel, Aaron se agachó, quitó una losa suelta del pequeño porche y sacó una llave de repuesto. Abrió la puerta y encendió la luz.
La casa estaba hecha una auténtica leonera, costaba andaba por el suelo sin pisar ningún trasto desordenado.-Águeda quédate aquí y busca por el salón, yo me voy a su habitación a ver qué encuentro.- Obedecí como una ovejita y me dispuse a rebuscar por el pequeño y atestado salón.
Sobre la mesa, una jeringuilla y una bolsa (que supuse de heroína) vacía. Respiré hondo y miré al suelo, advirtiendo un pequeño papel debajo de una de las patas de la mesa. Un sobre. Una carta.
''Para Aaron, Águeda, Jeyden y Miguel:
No se me dan muy bien las palabras pero solo quiero pediros perdón a través de esta carta. Sé que me he comportado como un auténtico capullo y espero que algún día podamos volver a ser los de antes, no pido volver a entrar en R.Y.O.D. solo estar con vosotros otra vez.
Pedir perdón sobretodo a Aaron, que ha sido mi hermano mayor durante estos años y no se lo he agradecido. Águeda, me enamoré de ti como un loco y la cagué contigo en Inglaterra, solo decir que te quiero muchísimo. Jeyden, fuiste mi consejero y el día que te puse la navaja en el cuello iba bastante drogado. Miguel, eres de las mejores personas que he conocido, siempre tan tímido pero con un corazón de oro, espero que te vaya muy bien con Elia.
A todos os he hecho daño y sé que no lo voy a enmendar, solo, lo siento de corazón.''
Solté la carta y me estremecí, me llevé las manos a la boca y la culpabilidad se apoderó de mí. Aaron bajó las escaleras, se acercó y me miró de soslayo, advirtió la carta. No pudo leerla al completa, sus ojos volvieron vidriosos y le impedía leer, las primeras lágrimas rodaron por su cara.
-¿Es esto una nota de suicidio?- Se preguntó a sí mismo en un murmuro.
-No lo sé, tenemos que enseñársela a los demás.
-Esto no puede ser, es imposible, no parece una nota de suicidio,- se secó las lágrimas antes de terminar la frase y respiró profundamente.- solo, de disculpas.
-Aaron, vámonos. No hay que hacer aquí.- Le posé la mano sobre el hombro y él me miró a los ojos, ojos tristes y cansados.
-Vuelve a casa, estaré bien, te lo prometo.
-No, me quedaría aquí contigo si me lo pidieras, pero no te voy a dejar solo, hoy no.- Me abrazó muy fuerte y no parecía tener la intención de soltarme.
-Eres una cursi.- Me susurró al oído.
-Pero he conseguido que sonrieras.
Cada cual volvió a casa, pero yo no pude dormir hasta bien entrada la noche, la culpabilidad me invadía y me sentía como si me hubieran dado una paliza.
Pesadillas. Malditas pesadillas. Fat lip suena en mi móvil a modo de despertador, me visto con el uniforme y bajo con Mr. Berry en los brazos. Desayuno rápido, le doy un beso a mi padre y cojo la moto.
Aparco la moto y entro en el edificio, el aula está repleta de gente y yo realmente no me siento como en casa. Si no fuera por mi banda... Tengo la habilidad de no encajar en ningún lugar, pero sé que cambiará. Tomo asiento al lado de Aaron el cual se mostró más cariñoso hoy, lo necesitaba.
Me disponía a sacar el libro de inglés cuando la directora irrumpió en la clase con su habitual apariencia de ''me he tragada una escoba''. Se situó delante de todos nosotros, lucía una notable cara de cansancio y angustia.
-Buenos días alumnos. Vengo a comunicaros que vuestro compañero Samuel Álvarez a sufrido un accidente y ahora se encuentra en estado crítico en el hospital.- Como un puñal afilado, esa noticia fue directa a mi pecho, hundiéndose y retorciéndose hasta el punto de casi no poder respirar. Miré a Aaron en un acto reflejo, tenía los ojos bien abiertos y parecía haber entrado en estado de shock. Su respiración cada vez se agitaba más, negaba con la cabeza y hacía caso omiso de mi voz; Jeyden, Miguel y yo comenzamos a gritarle pero él no reaccionaba. Lo zarandeé en vano, tenía la mirada perdida y no reaccionaba a ningún estímulo, de los acontecimientos que sucedieron más tarde solo recuerdo algunos.
Sala de espera de un hospital. Llevo mi ropa normal y el reloj acaba de dar las ocho de la tarde, miro a mi alrededor y estoy acompañada de James y, no sé por qué, de Diana Vega, la fotógrafa esa del pelo rosa.
-¿Qué ha pasado?- Pregunté volviendo a la realidad.
-Águeda, has estado ausente todo el día, después de que mi jefa os dijera lo que había pasado con Samuel Aaron sufrió un ataque de ansiedad. Tú llevas en el mundo de yupi todo el día.- Explicó James.
-¿Cómo están ellos?
-Ahora Aaron está en la habitación de Samuel, por lo visto ha entrado en coma. Los médicos llevan todo el día haciéndole análisis.
-Es culpa mía.- Recordé el encuentro que tuve con él después de la fiesta de Elia, me porté como una estúpida, ¿a esto se refería con ''hacer una tontería''? Soy lo peor que ha pisado este mundo.- James esto es culpa mía.
-¿Qué? ¡No! Por supuesto que no, Águeda, lo peor que podéis hacer ahora es culparos los unos a los otros. Necesitáis más que nunca estar juntos y apoyaros.
-Tú, apenas sé tu nombre pero James tiene razón.- Diana coreó al batería con una sonrisa.- Deberíais escucharle, gracias a él estoy reformada.
-¿Reformada?- Dije confundida, ¿de qué estaba hablando?
-Sí, cosas de ella.- Contestó él dedicándole una tierna sonrisa.
La conversación se cortó en ese momento cuando un muy abatido Aaron entró en la sala, me levanté de la silla de un brinco y lo abracé instintivamente, pero se quedó quieto, insensible.
-¿Qué te ocurre?- Pregunté mirándolo a los ojos.
-No estoy para nadie. Si quieres puedes acompañarme a casa de Samuel, necesito ayuda.
-¿Ayuda? ¿Para qué vamos a casa de Samuel?
-Se supone que ''sufrió un accidente''. Pues bien, quiero saber cuál es ese accidente por mí mismo. Y necesito que me ayudes a buscar.
-Está bien.- Cogí mi chaqueta y fuimos a una parada de autobús, durante el trayecto él se limitaba a mirar por la ventana, las luces de la ciudad se reflejaban en su rostro pensativo. Yo me limitaba a mirarlo y a sentirme culpable, tenía que decirle lo que había ocurrido el sábado, tendría que buscar un buen momento.
Llegamos a casa de Samuel, Aaron se agachó, quitó una losa suelta del pequeño porche y sacó una llave de repuesto. Abrió la puerta y encendió la luz.
La casa estaba hecha una auténtica leonera, costaba andaba por el suelo sin pisar ningún trasto desordenado.-Águeda quédate aquí y busca por el salón, yo me voy a su habitación a ver qué encuentro.- Obedecí como una ovejita y me dispuse a rebuscar por el pequeño y atestado salón.
Sobre la mesa, una jeringuilla y una bolsa (que supuse de heroína) vacía. Respiré hondo y miré al suelo, advirtiendo un pequeño papel debajo de una de las patas de la mesa. Un sobre. Una carta.
''Para Aaron, Águeda, Jeyden y Miguel:
No se me dan muy bien las palabras pero solo quiero pediros perdón a través de esta carta. Sé que me he comportado como un auténtico capullo y espero que algún día podamos volver a ser los de antes, no pido volver a entrar en R.Y.O.D. solo estar con vosotros otra vez.
Pedir perdón sobretodo a Aaron, que ha sido mi hermano mayor durante estos años y no se lo he agradecido. Águeda, me enamoré de ti como un loco y la cagué contigo en Inglaterra, solo decir que te quiero muchísimo. Jeyden, fuiste mi consejero y el día que te puse la navaja en el cuello iba bastante drogado. Miguel, eres de las mejores personas que he conocido, siempre tan tímido pero con un corazón de oro, espero que te vaya muy bien con Elia.
A todos os he hecho daño y sé que no lo voy a enmendar, solo, lo siento de corazón.''
Solté la carta y me estremecí, me llevé las manos a la boca y la culpabilidad se apoderó de mí. Aaron bajó las escaleras, se acercó y me miró de soslayo, advirtió la carta. No pudo leerla al completa, sus ojos volvieron vidriosos y le impedía leer, las primeras lágrimas rodaron por su cara.
-¿Es esto una nota de suicidio?- Se preguntó a sí mismo en un murmuro.
-No lo sé, tenemos que enseñársela a los demás.
-Esto no puede ser, es imposible, no parece una nota de suicidio,- se secó las lágrimas antes de terminar la frase y respiró profundamente.- solo, de disculpas.
-Aaron, vámonos. No hay que hacer aquí.- Le posé la mano sobre el hombro y él me miró a los ojos, ojos tristes y cansados.
-Vuelve a casa, estaré bien, te lo prometo.
-No, me quedaría aquí contigo si me lo pidieras, pero no te voy a dejar solo, hoy no.- Me abrazó muy fuerte y no parecía tener la intención de soltarme.
-Eres una cursi.- Me susurró al oído.
-Pero he conseguido que sonrieras.
Cada cual volvió a casa, pero yo no pude dormir hasta bien entrada la noche, la culpabilidad me invadía y me sentía como si me hubieran dado una paliza.
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