martes, 24 de diciembre de 2013

CAPÍTULO 29

7 de Febrero
Lunes, el sol brilla tras varios días de tormenta y Mr. Berry descansa en su improvisada cama de mantas viejas. Pero mi humor estaba contrario al día; no hacía más que pensar en Samuel y en Sofía. ¿A qué se refería con ''hacer una estupidez''? ¿Por qué volvió Sofía? Cuestiones en mi mente que no hallan su respuesta y se convierten en un infierno viviente. Decidí pensar en cosas bonitas, sí, pensé en Aaron.
Bajé a desayunar con mi padre y luego me dirigí al instituto, pero hoy me apeteció ir andando, caprichos caprichos... Cerré la puerta a mis espaldas y vi un coche azul marino justo enfrente de la casa de al lado, un muchacho alto, fornido, de pelo moreno totalmente revuelto, de alrededor de veinte años salía del vehículo con varias cajas en la manos. ¿Una mudanza? Esa casa llevaba bastante tiempo deshabitada, aunque estaba bien cuidada. Se percató de que lo estaba mirando con cara de boba e hizo un movimiento con la cabeza a modo de saludo, yo alcé sutilmente la mano para devolvérselo; al hacer este movimiento miré el reloj y me di cuenta de que no llegaba al instituto como no siguiera andando.
Llegué al edificio y entré para dejar algunos libros en las taquillas, allí estaba mi pandilla. Observé que Aaron estaba apoyado sobre la pared bromeando con Jeyden, una sonrisa maliciosa surcó mi rostro ante la idea de ''mostrar cariño''.
-Buenos días rub...- Pobre, no dejé al moreno terminar la frase, lo acorralé contra la pared y le metí un morreo. Me separé y vi como el resto estaban boquiabiertos, con los ojos como platos mirando la escenita.
-Venga a clase, que llegamos tarde.- Añadí, y me fui a clase tan campante.
-¿¡QUÉ SE SUPONE QUE ACABA DE PASAR!?- Gritó Jeyden.
-No lo sé, pero me ha encantado.- Contestó Aaron.
-Por fin, que yo ya sabía que eran novios.- Comentó Elia.
-¿Desde cuándo es eso amor?- Preguntó Miguel.
-Pues el miércoles hace una semana, ahí lo lleváis que yo me vuelvo a clase.- Cortó la conversación mi novio entrando el el aula.
A parte de los extraños sucesos de primera hora de la mañana, no pasó nada más interesante, ni siquiera vi a Samuel por los pasillos y eso me alertó un poco. Desde mi encontronazo con él del sábado, estaba en continua alerta e intentaba que mi boca se mantuviese cerrada para guardar el secreto.
Tocó la última campana y me dispuse a volver a casa cuando gritaron mi nombre, me volví y ya sabréis quién era.
-¡¡¡RUBIA!!! ¡Te acompaño a casa!
-Será bruto.- Mascullé. Se acercó hasta mí y echó a andar calle abajo, me quedé parada confusa cuando se giró.
-¡Camina! Que te estás poniendo gorda.- Capullo.
Sin más remedio lo seguí y al llegar a mi casa, mi nuevo vecino estaba en el porche desembalando cajas, ¿este hombre solo vive para las cajas? Levantó la cabeza, dejó el cúter sobre el suelo y se acercó a nosotros. Era mucho más alto de lo que parecía (un metro noventa o así), tenía el pelo marrón muy oscuro alborotado y desordenado, sus facciones eran suaves y se dejaba ver una sutil barba de tres días. Sus ojos eran rasgados y de un color bronce penetrante, con largas pestañas. En resumidas cuentas, era el típico chico que va por la calle y no pasa desapercibido.
-Hola, ¿tú eres Águeda?- Me preguntó acercándose a nosotros.
-¿Cómo sabes mi nombre?- Pregunté contrariada.
-Tu padre me ha ayudado con la mudanza esta mañana y presume mucho de ti. Espera, tú no serás la chica de esta mañana, ¿verdad?- Miré a los lados avergonzada por mi padre, claro, al ser su única hija le toca presumir.
- Sí, era yo.- Respondí en voz baja.
-Hola, yo soy Aaron, su novio.- Dijo el moreno pasando su brazo por mis hombros y acentuando las palabras ''su novio''.
-Tranquilo campeón que no voy por ahí ligando como si no hubiera un mañana.- No pude contener la risa ante ese comentario, sobretodo por la mueca tan absurda que puso Aaron.- Por cierto, me llamo Diego.
-Bueno, yo tengo que entrar en casa.- Dije mirando a  Aaron sonriente, me despedía de Diego y volví a casa.
Subí a mi habitación y espié por la ventana, como era de espera, los dos estaban en una discusión de sarcasmo e ironía, serán tontos...
Me dejé caer sobre la cama y me coloqué los cascos con Paramore a todo volumen, me aislé en mi mundo pero algo me perturbó, Sofía.  Al fin y al cabo era mi madre aunque me lo niegue a mí misma, ¿todos mienten? Es de esos día en los que te das cuenta de la realidad, la cual apesta.
Bajé al piso inferior para estar con mi padre, típico momento familiar. Él se encontraba mirando el correo en el sofá me senté a su lado y apoyé la cabeza en su hombro.
-Hola cielo.- Me saludó.
-¿Qué hay en el correo? A parte de facturas y publicidad.
-No gran cosa. Un momento, ¿esto es una carta de Sofía?- Dijo incorporándose del sofá, se quitó sus grandes gafas y abrió el sobre ansioso. Leyó la carta en voz alta.
-''Hola, sé que no soy querida en esta casa y no volveré, solo quiero intentar compensaros de alguna forma. A partir de ahora Águeda tendrá una pequeña paga de doscientos euros al mes, me parece suficiente para una chica de diecisiete años. Espero que aceptéis el dinero que se enviará en metálico por carta. Saludos de Sofía.''
-¿Voy a tener doscientos euros todos los meses por la cara?- Repetí incrédula.
-Al parecer...- Se giró hacia mí y me miró fijamente a los ojos y preguntó trabándose con las palabras.- ¿Aceptas? El dinero nos vendría genial.
-Quizás, es mucho dinero para mí. Y yo a esa mujer no la soporto, me parece poco ético.
-Algunas veces hay que ser frívolo, esa lección te valdrá de mucho en la vida ya que puede ser muy jodida cuando quiere.  Muchas veces hay que pensar en uno mismo y ser un poco egoísta.
-Si lo miras de ese modo, tampoco es que seamos millonarios y un pequeña ayuda haría mucho. Acepto pero no me gusta nada la idea.
Creo que acabo de traicionar mis propios principios por un puñado de billetes, al menos el ocaso se llevó mi trance y la noche cayó sobre mí como el polvo sobre los muebles de una habitación vacía.

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