Noche del 29 de Enero
*Narra Samuel*
Ya de vuelta en el hotel acompañé a Águeda a su habitación:
-Oye Samuel, todo esto es un poco extraño.
-¿A qué te refieres?- Pregunté acercándome a ella y acorralándola contra la puerta.
-Me refiero a... todo.
-No acabo de entenderte.- Le susurré en tono sugerente.
-A ver, todos desconfían de tí y yo ya no sé qué pensar.
-Piensa lo que tú creas.- Le dije casi inaudiblemente al oído y en un ágil movimiento le arrebaté la tarjeta-llave, sin despegarla de mí entramos en la habitación. La tiré en la cama y me situé sobre ella colocando mis manos a ambos lados de su cabeza; Águeda me miraba aterrada.
Bastó un solo segundo de distracción por mi parte para que me propinara un bofetón en la mejilla derecha; sorprendido me llevé la mano a la zona afectada incorporándome lentamente. Ella se levantó de la cama con aire desafiante y me señaló la puerta; sonreí maliciosamente y salí de aquel cuarto sin camiseta.
*Narra Aaron*
Eran las ocho de la tarde y ya era de noche en Londres, me despedí de Nicky en la puerta del hotel y me encontraba cruzando el pasillo cuando casi choqué con Samuel, y me asustó de tal manera que lancé un jadeo ahogado.
-Anda mira, eso mismo ha dicho Águeda hace un rato.
-¿Qué quieres decir?- Pregunté confuso.
-Quiero decir que tus ''grititos'' de sorpresa suenan como las exclamaciones de placer de Águeda.- Abrí los ojos incrédulo ¿en serio? ¿era eso posible? Mi ira aumentaba por momentos hasta el punto de ser incontrolable y me abalancé sobre Samuel con el puño levantado dispuesto a darle la paliza de su vida. Rodamos los dos por el suelo mientras él gritaba ''Oh sí, dame más'' tratando de imitar la voz de mi amiga. De repente noté cómo alguien me cogía y me separaba de mi contrincante, era James poniendo orden en la situación, eché una ojeada detrás de mi y vi a Águeda llorando mientras un asustado Miguel trataba de calmarla. A su vez, Jeyden se encargó de Samuel, el cual yacía en el suelo con un ojo hinchado y la nariz rota. James me dejó en el suelo y condujo a Samuel hasta su habitación dedicándole unas palabras muy ''sutiles'':
-¿¡PERO TÚ ERES GILIPOLLAS O QUÉ!?- Sonreí como un tonto porque aunque en ese momento parecía que había sido culpa mía, mis amigos me conocían hasta tal punto de saber que yo no era capaz de hacer eso sin un motivo.
*Narra Águeda*
Miguel se aseguró por décima vez de que yo estaba bien y se fue a su habitación con el resto pero Aaron se quedó en el pasillo mirándome con tristeza:
-¿En serio... que lo has hecho?- Dijo titubeante.
-¿Hacer el qué?
-Venga ya, no seas hipócrita, sabes perfectamente a lo que me refiero.
-¿¡Qué te ha contado ese asqueroso!?
-Pues que te lo has pasado muy bien con él.- Lo miré con una mueca de incredulidad, me parecía muy rastrero por su parte que le hubiera contado esa mentira.
-¡No! ¡Pues claro que no! ¿En serio crees que te... que yo haría eso?- Me corregí. Agachó la mirada, no me creía y eso era mi culpa, le había hecho mucho daño y eso ya no lo podía remediar.
-De acuerdo, como tú digas.- Dijo en un susurro y con la mirada pedida volvió a su habitación y yo me limité a hacer lo mismo.
Me encerré en el baño, lavé mi rostro y miré mi reflejo en el espejo, vi a una chica perecida a mi, pero no la conocía de nada. Me sentía muy sucia, extraña; más decepcionada conmigo misma que triste, me tumbé en la cama boca arriba pero no me quedé dormida, me atormentaba la idea de mañana por la mañana.
Casi una hora después de lo sucedido alguien llamó a mi puerta, un escalofrío recorrió mi espalda y me negué en silencio a abrir pero una voz conocida resonó detrás de ella:
-Águeda, por favor, ábreme. Sé que no estás bien.- Abrí sin dudar y me lancé a sus brazos, enterrando mis manos en su negro cabello y rompiendo en llanto.
-Eh, no llores, no se merece esas lágrimas.
-No es por Samuel, es por mí que soy una estúpida.- Dije entre sollozos.
-Bueno, me gustaría entrar, en el pasillo hace frío.- Consiguió sacarme una sonrisa, me separé de él y cerré la puerta. Me senté en la cama y Aaron a mi lado, dispuesto a escucharme cual psicólogo.- Mira, no te voy a decir que Samuel tiene la culpa de todo, ni que tú has sido una tonta, ni nada de ese estilo; porque creo que es lo típico y esto no pasa todos los días.
-Tienes razón, pero no entiendo por qué lo creí. Al fin y al cabo quería... ya sabes.- Una lágrima rebelde rodó por mi mejilla, Aaron pasó su brazo por mi hombro y me abrazó.
-Él tiene cara de niño y puede ser muy combincente cuando quiere.
-Aaron, cuando supiste que empezó con los porros, ¿por qué te dolió tanto?- Se mordió el labio inferior con la mirada perdida, hubo un corto silencio pero se atrevió a decir:
-Te lo contaré, pero es largo, así que no me interrumpas.
-De acuerdo.
-Verás, Samuel y yo vivíamos al lado, nos llevábamos muy bien de pequeños y siempre estábamos jugando al fútbol en el patio. Pero él no estaba atendido, sus padres eran... drogodependientes y él veía cómo se drogaban, así que muchos días se quedaba en mi casa. Un día, tendríamos como diez años, estando los dos en mi habitación jugando con la consola, entró mi madre con la cara pálida y dijo que tenía muy malas noticias; al parecer los padres de Samuel habían tenido un accidente de tráfico y habían muerto.- Me llevé las manos a la boca y abrí mucho los ojos.- Y días después la autoxia reveló que iban hasta las cejas de todo: alcohol, pastillas... Mis padres se hicieron cargo de él hasta diciembre de este último año, cuando dijo que quería independizarse porque sentía que se estaba aprovechando de nosotros, y le alquilamos una pequeña casita. Es por eso por lo que me puse así, era como mi hermano pequeño y cuando tú me dijiste lo que hacía me puse histérico. Esa misma tarde intenté hablarle pero me dijo que yo no era su padre, que estaba harto, que lo dejaría cuando quisiera y demás cosas.
-Vaya, ahora me siento mal.
-No lo hagas, porque no se lo merece. Otra cosa, sabiendo que a ti te da igual lo que te digan, ¿por qué te pusiste así cuando te llamó puta?- Suspiré, me hizo recordar una parte de mí algo turbia.
-Cuando tenía alrededor de quince años repitió un chico en mi clase, bueno pues él se obsesionó conmigo. Me llenaba el muro de facebook de comentarios, me llamaba al móvil de madrugada, me espiaba en clase y por los pasillos, llegó a seguirme. Un día me harté de todo y le cogí el teléfono; le dije que me tenía harta, que se olvidara de mí y que no me siguiera más o lo denunciaría por acoso. Al día siguiente en el instituto todo el mundo me miraba raro y resultó que fue diciendo por ahí que yo coqueteaba con todos, que era una puta y demás cosas por el etilo; y Catalina, una chica que me odiaba (y yo a ella) le ayudó para que tuviera más credibilidad.
-¿Solo eso? Bah, y yo que creía que tú fuiste prostituta con catorce años.
-¿Sabes que eres lo peor?- dije riendo, me agradaba que estuviera de broma, necesitaba descargar un poco de tensión.
Nos quedamos casi dos horas hablando, haciéndonos confidencias y le pregunté por Nicky, pero dijo que no coincidían en muchas cosas aunque le caía bien. en aquel instante un pensamiento fugaz atravesó mi mente a la velocidad de la luz pero no me di cuenta y lo dije en voz alta:
-Mañana, el avión.
-¿Qué? ¿Águeda, estás loca ya del todo?
-Esto... Acabo de recodar, ¿qué pasará mañana?
-Eso ya lo veremos, de momento no te preocupes más y descansa. Yo me voy a mi habitación.- Observaba cómo salía de mi cuarto cuando le eché un vistazo al reloj, quedaba un minuto para la medianoche y con la muerte de ese minuto un día más acabaría, dando paso a otro distinto, nuevo, difícil pero hermoso día de invierno.
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