24 de Enero
Domingo. Odio los domingos. Anoche a duras penas puede pegar ojo, las palabras de Aaron me dejaron muy marcada, no lo creía capaz de eso. Por otro lado tenía un mal presentimiento con respecto a Samuel, puede que fueran tonterías mías o cualquier otra cosa, pero no me fiaba mucho. Baje a desayunar y encontré a mi padre preparando tortitas:
-Buenos días papá.
-Buenos días Águeda- Agarré una galleta y dándole un mordisco dije:
-Te conté lo de la oportunidad de Inglaterra, ¿no?
-Sí.- Tragué.
-Pues nos han dicho que tendremos que ir a Londres.- Mi padre se volvió hacia mí con cara de reproche y enfado.
-¿Se puede saber cuándo me lo pensabas decir señorita?
-Hoy.
-Y encima te pones chula, pues va a ser que no vas a ir.
-Papá, si tienes más ganas tú que yo.
-Cierto, pero nunca me cuentas nada, por favor, que soy tu padre Águeda. bueno, ¿con quién vas?
-Con Jeyden, Aaron y a lo mejor Samuel.
-¿Tres tíos y mi hija solos en Londres? Lo estás mejorando.
-Por dios papá que son de fiar.
-Ya...
-Además, tengo que ir, soy una de las compositoras de las canciones.
-No me gusta mucho la idea, la verdad.
-Tengo 17 años, sé cuidar de mí misma, te prometo que no me va a pasar nada. A parte, si me insultan en inglés los entiendo perfectamente.
- Bueno, que sepas que sigue sin gustarme la idea pero una oportunidad como esta solo pasa una vez en la vida.
-¿Ves como tengo razón?
-Bueno, irás pero que sepas que no estoy de acuerdo que vayas sola por Londres con 3 adolescentes con las hormonas en ebullición.
-¡Papá! ¿¡Cómo puedes pensar eso!?
-Porque he tenido tu edad.- Me da una palmadita y se queda tan ancho; de verdad, este hombre cada día me sorprende más.
No tenía ganas de encerrarme en mi habitación y no tenía nada que hacer (me refiero a libros de textos, exámenes y cuadernos) así que me que me dediqué a jugar con Mr. Berry. Empecé acariciándolo, terminé con las luces apagadas fastidiándolo con un puntero láser:
-Mira como salta, jajajajajajaja... ¡Venga ''Señor Baya''!- Era muy entretenido, con esas pequeñas patitas tan adorables intentaba atrapar el punto rojo que se proyectaba en la pared, cada vez más alto. Y no se rendía. Lo volvía a intentar. Apagué el puntero y millones de pensamientos, ideas, sueños atormentaron mi mete, me hundí en el sofá como un peso y el pequeño felino saltó a mis rodillas. Me quedé pensando, evaluando todo lo que ocurría a mi alrededor, estaban siendo demasiados cambios: nuevo instituto, nuevos amigos, el viaje a Inglaterra, Samuel... Samuel. Él era el único que venía a mi mente, me resultaron muy duras las palabras de Aaron y aún no las he asimilado, estoy tan confusa que no sé qué hacer. Creo que Samuel fue muy sincero conmigo y me encantaría que viniera a Londres, al menos no estaría sola.
Estaba tan ensimismada que no me di cuenta de la hora, casi medio día, alcé a Mr. Berry y mirándolo a los ojos le pregunté:
-¿Qué me dices ojitos bicolores? ¿Damos un paseo?- Acababa de darme cuenta de que tenía un ojo verde amarillento y otro celeste, como el cielo de verano. Extrañamente me contestó con un alegre maullido, así que salí con él. Fui a un parque cercano, bastante grande con mucha vegetación alta, y la verdad es que había mucha gente paseando a sus mascotas, en su mayoría perros. Cogí mi teléfono móvil y vi mi reflejo, no me había dado cuenta pero llevaba los ojos pintados de negro muy exagerados, como una auténtica rockera. Comprobé mi vestimenta, ya que hoy andaba muy despistada, iba con vaqueros negros, un jersey violeta que me quedaba algo grande y un gorro de lana también negro. Por lo menos iba normal.
Acariciaba a Mr. Berry cuando pasó un chico, que no estaba nada mal, paseando a un San Bernardo, que más que perro era un oso; se acercó a mí y me miró de arriba a abajo, bastante descarado:
-Hey.- Me sonrió.
-Hola.- Devolví. Y eso es todo lo que ligué aquella mañana. Media hora después salí del parque y di una vuelta por la ciudad, me di cuneta de todo el tiempo que pasé encerrada en casa a causa de Catalina, esa maldita... Reconozco que yo no era un angelito y cometí errores, pero ella no era ninguna santa y casi no tuve amigos por sus rumores inventados; desde entonces lo que piensen o digan de mi me da exactamente igual. Descubrí una tienda de discos que era genial, aquello se combertiría en mi templo, tenía de todos los grupos que me gustaban: The Ramones, Green Day, AC/DC, alguno de P!NK, Paramore... Por supuestos, estos solo eran los del escaparate, la tienda estaba cerrada (era domingo). Volvía a casa y no salí más en todo el día, realmente, eran muy aburridos los domingos. Dormí pensando en qué pasaría mañana en el instituto, conseguí quedar dormida algo atemorizada y nerviosa.
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